La democracia, el ritual donde votamos, pero no siempre decidimos

Es domingo de elecciones.

Una señora sale temprano de su casa con la camisa de su partido. Un joven se toma una selfie antes de entrar al centro de votación. Un anciano espera bajo el sol porque dice que nunca ha dejado de votar. Durante unas horas, millones de personas sienten que el futuro del país depende de una papeleta.

Hay algo profundamente valioso en esa escena. La democracia necesita ciudadanos que participen.

Pero también deja una pregunta incómoda:

¿Cuántas de las decisiones realmente importantes siguen abiertas cuando llegamos a la urna?

La mayoría piensa que la democracia comienza el día de las elecciones. Sin embargo, muchas de las decisiones que condicionan ese voto ocurren mucho antes. Los partidos ya eligieron a sus candidatos. Las alianzas ya están cerradas. Los temas que dominarán la campaña ya fueron definidos.

El ciudadano participa. Pero entra cuando gran parte del escenario ya está construido.

Por eso algunos autores distinguen entre dos momentos distintos: el de construir el poder y el de legitimarlo. El voto cumple una función esencial en toda democracia, pero también puede convertirse en el acto que confirma decisiones tomadas previamente.

Esa idea no busca restarle valor al sufragio. Busca recordar que la democracia empieza mucho antes de que se abran las urnas.


¿Dónde se toman las decisiones que nunca vemos?

Toda democracia tiene una parte visible y otra mucho menos evidente.

La visible aparece en los debates televisivos, los mítines, las entrevistas y las campañas electorales.

La menos visible transcurre en reuniones privadas, negociaciones entre partidos, conversaciones con grupos económicos o acuerdos internacionales que rara vez ocupan la primera plana.

No se trata de imaginar conspiraciones. Se trata de reconocer que el poder siempre funciona en distintos niveles.

El sociólogo C. Wright Mills llamó a este fenómeno la élite del poder: un pequeño grupo de actores políticos, económicos y militares con capacidad para influir sobre decisiones que afectan a la sociedad.

Noam Chomsky observó algo parecido desde otro ángulo. Para él, las democracias modernas no solo necesitan instituciones; también necesitan construir consenso. Los ciudadanos apoyan determinadas decisiones porque antes aprendieron a considerarlas razonables, inevitables o incluso deseables.

Vista así, la democracia no elimina el poder. Lo hace menos visible.

La autoridad ya no necesita imponerse por la fuerza cuando logra que la mayoría acepte el marco desde el cual interpreta la realidad.


¿Quién decide de qué hablamos?

Hace unos años la disputa política se libraba principalmente en plazas, congresos y medios de comunicación.

Hoy también ocurre en la pantalla de un teléfono.

Un candidato dedica horas a preparar un discurso. Otro publica un video de veinte segundos en TikTok.

Al día siguiente, millones recuerdan el video.

Muy pocos recuerdan el discurso.

¿Qué cambió?

No solo cambió la tecnología. Cambió el lugar donde se forma la atención pública.

Las redes sociales dejaron de ser simples herramientas de comunicación. Hoy participan en la construcción de la agenda política.

Los algoritmos deciden qué aparece primero, qué tema gana visibilidad y cuál desaparece antes de que siquiera podamos discutirlo.

Si controlas la atención, controlas la conversación.

Y quien influye sobre la conversación influye, en parte, sobre las decisiones políticas.

Shoshana Zuboff ha explicado cómo las grandes plataformas digitales transformaron nuestra información cotidiana en un recurso económico y político. Nicholas Carr, por su parte, advierte que Internet no solo cambia lo que leemos; también cambia la manera en que pensamos y prestamos atención.

La democracia no desaparece en ese proceso.

Pero cambia de escenario.


Más allá de la urna

Resulta fácil creer que la democracia vive únicamente el día de las elecciones.

Sin embargo, el voto es apenas uno de sus momentos.

Antes existen decisiones sobre quién puede competir, qué temas dominarán la campaña, cómo circula la información y qué asuntos ocuparán la conversación pública.

Después llegan otras igual de importantes: cómo gobiernan los elegidos, quién fiscaliza sus decisiones y qué espacios conserva la ciudadanía para participar más allá del sufragio.

Por eso la pregunta ya no es únicamente si votamos.

La pregunta es cuánto participamos en la construcción de las decisiones que afectan nuestra vida cotidiana.

La democracia pierde fuerza cuando los ciudadanos reducen su papel a depositar una papeleta cada cuatro años. También la pierde cuando dejamos que otros definan qué problemas merecen nuestra atención y cuáles pasan inadvertidos.

Comprender ese proceso no significa desconfiar de la democracia.

Significa entender que una democracia saludable necesita mucho más que elecciones periódicas.

Necesita ciudadanos capaces de mirar más allá de la urna.

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