¿Quién construye hoy la identidad nacional? Estado, algoritmos y la disputa por el significado colectivo

Un video de un desfile patrio termina convertido en un reportaje de televisión, una nota web, cinco reels, varios carruseles y decenas de publicaciones en redes sociales. Horas después, millones de personas ya no recuerdan el desfile completo. Recuerdan apenas algunos fragmentos: una declaración polémica, una fotografía viral, un comentario que acumuló miles de reacciones o un video que el algoritmo decidió mostrarles.

Algo cambió.

En el siglo XX, los Estados construyeron la identidad nacional principalmente a través de la escuela, los símbolos patrios, los medios tradicionales y las ceremonias cívicas. Hoy esos actores siguen existiendo, pero ya no ocupan solos ese espacio. Comparten la producción del significado colectivo con plataformas digitales cuyos algoritmos deciden qué contenidos circulan, cuáles permanecen visibles y cuáles desaparecen casi sin dejar rastro.

La pregunta ya no es únicamente quién produce un mensaje.

La pregunta es otra:

¿Quién tiene hoy la capacidad de definir qué significa pertenecer a una nación?


II. El Estado ya no está solo

Durante buena parte de la historia moderna, la construcción de la identidad nacional tuvo un protagonista claro: el Estado.

No era casual. Los gobiernos necesitaban convencer a millones de personas, muchas de las cuales nunca se conocerían entre sí, de que compartían una misma comunidad, un mismo pasado y un mismo destino. Para lograrlo, recurrieron a la escuela, los símbolos patrios, las fiestas cívicas, los mapas, los himnos y los relatos históricos.

El pensador francés Ernest Renan sostenía que una nación no existe únicamente porque comparta un territorio o una lengua. Existe porque sus habitantes aceptan formar parte de un proyecto común. En otras palabras, la nación también es una decisión colectiva.

Décadas después, el politólogo Benedict Anderson dio un paso más. Explicó que las naciones son comunidades imaginadas. No porque sean falsas, sino porque ningún hondureño conocerá personalmente a los más de diez millones de habitantes del país. Aun así, la mayoría siente que pertenece a esa misma comunidad. Esa sensación de pertenencia no surge de manera espontánea. Se aprende.

Pero esa comunidad necesita algo más que una idea. Necesita símbolos, rituales y recuerdos compartidos.

El historiador Eric Hobsbawm mostró que muchas tradiciones nacionales, lejos de existir desde tiempos inmemoriales, fueron creadas o fortalecidas por los Estados modernos. Los desfiles patrios, las ceremonias oficiales, los himnos o determinadas fechas conmemorativas no solo celebran la nación; también ayudan a construirla y mantenerla.

En Honduras, esa reflexión encuentra un punto de apoyo en el historiador Marvin Barahona. Su trabajo muestra que la identidad nacional no apareció de forma natural después de la independencia. Fue el resultado de un largo proceso donde participaron la educación, la historiografía, los símbolos patrios y distintas instituciones estatales encargadas de construir una memoria colectiva.

Hasta aquí, los cuatro autores coinciden en una idea fundamental: la identidad nacional no nace; se construye.

Sin embargo, todos ellos escribieron en un contexto donde el Estado conservaba un papel privilegiado en esa tarea.

Hoy el escenario es distinto.

Un adolescente puede aprender más sobre la historia de Honduras en YouTube que en un libro de texto. Un video viral puede reforzar —o cuestionar— un símbolo patrio en cuestión de horas. Una comunidad digital puede disputar el significado de la hondureñidad sin necesidad de pasar por la escuela, un museo o un acto oficial.

Eso no significa que el Estado haya dejado de construir identidad.

Significa que ya no construye solo.

La gran pregunta del siglo XXI ya no es cómo nacen las identidades nacionales. Esa pregunta fue respondida, en buena medida, por Renan, Anderson, Hobsbawm y Barahona.

La pregunta ahora es otra:

¿Qué ocurre cuando el Estado pierde el monopolio del espacio donde esas identidades se producen, circulan y disputan?

Esa transformación obliga a mirar hacia un actor que ninguno de ellos conoció plenamente: la sociedad red.


III. La sociedad red cambia el tablero

La respuesta comienza con Manuel Castells.

Mientras Renan, Anderson, Hobsbawm y Barahona explicaron cómo los Estados construyeron las identidades nacionales, Castells estudió un cambio distinto: la transformación del espacio donde esas identidades circulan y se disputan.

Su tesis no es que Internet haya destruido las identidades nacionales. Es otra: la sociedad red cambió el tablero.

Durante el siglo XX, la construcción de la identidad nacional dependía de instituciones relativamente estables. La escuela enseñaba una versión de la historia, los medios difundían determinados relatos y las ceremonias oficiales reforzaban los símbolos compartidos.

La sociedad red alteró ese equilibrio.

Hoy las identidades también se construyen en espacios digitales donde millones de personas producen, comparten, reinterpretan y disputan significados de forma permanente. La conversación sobre qué significa ser hondureño ya no ocurre únicamente en un aula, un museo o un acto cívico. También ocurre en YouTube, TikTok, Facebook o X.

Paradójicamente, Castells sostiene que esta transformación no eliminó las identidades nacionales o locales. En muchos casos ocurrió lo contrario.

Frente a un mundo cada vez más interconectado, numerosas comunidades comenzaron a reafirmar con más fuerza aquello que las distingue. La identidad nacional, regional, religiosa o étnica dejó de ser únicamente una herencia histórica para convertirse también en una forma de resistencia cultural.

Ese cambio ayuda a entender fenómenos que, a primera vista, parecen contradictorios. Mientras la tecnología conecta al planeta como nunca antes, también resurgen los nacionalismos, los movimientos regionales y las disputas por los símbolos colectivos. La globalización no borró las diferencias; las volvió más visibles.

Honduras no escapa a esa dinámica. Las discusiones recientes sobre la bandera, los desfiles patrios o el significado de la hondureñidad ya no se libran únicamente en las instituciones del Estado. Se desarrollan, sobre todo, en un ecosistema digital donde cualquier ciudadano puede participar, amplificar o cuestionar esos relatos.

La identidad nacional sigue construyéndose. Lo que cambió fue el escenario donde esa construcción ocurre.

Propongo que la principal transformación del siglo XXI no consiste en que el Estado haya dejado de producir identidad, sino en que perdió el monopolio de los espacios donde esa identidad se construye, circula y adquiere legitimidad.

Y ese cambio nos lleva a una nueva pregunta.

Si la disputa por el significado ya no depende exclusivamente del Estado, ¿cómo se produce y cómo se legitima hoy ese significado colectivo?

Para responderla conviene mirar no solo a las instituciones, sino también a los medios de comunicación. Pierre Bourdieu ofrece una de las claves para entender ese proceso.


IV. La batalla por el significado

Si Castells explica cómo cambió el escenario, Pierre Bourdieu ayuda a entender cómo se disputa el poder dentro de ese nuevo escenario.

Su punto de partida es sencillo: los medios de comunicación no solo informan. También deciden qué merece atención.

Cada día ocurren miles de acontecimientos. Sin embargo, solo unos pocos llegan a convertirse en noticia. Esa selección no es neutral. Al elegir unos temas y descartar otros, los medios también construyen una determinada visión de la realidad.

Bourdieu observó que los medios tienden a reproducir una misma agenda. Los periodistas leen a otros periodistas, siguen las mismas conferencias de prensa y compiten por las mismas historias. Como resultado, distintos medios terminan hablando de los mismos asuntos, reforzando la impresión de que esos son, precisamente, los temas más importantes del momento.

No solo producen información.

También producen relevancia.

Y aquello que una sociedad considera relevante termina moldeando su conversación pública.

Sin embargo, el ecosistema mediático cambió profundamente desde que Bourdieu publicó esas ideas en 1996.

La televisión no desapareció. Se volvió transmedia. No perdió influencia; cambió su forma de circular.

Un foro televisivo ya no termina cuando se apagan las cámaras. Continúa en una nota web, se fragmenta en varios clips, se convierte en reels, carruseles, historias y publicaciones para distintas plataformas. Un mismo contenido puede circular durante días, reaparecer meses después y adquirir nuevos significados según el contexto en que vuelva a compartirse.

La producción del significado colectivo dejó de ser un acto puntual para convertirse en un proceso permanente de reproducción, fragmentación y recirculación.

Sostengo que la digitalización no sustituyó el poder simbólico de los medios tradicionales; multiplicó su capacidad para producir, fragmentar, archivar, redistribuir y recontextualizar el significado colectivo mediante un ecosistema transmedia cuya visibilidad final depende, en buena medida, de los algoritmos.

En ese nuevo ecosistema, los medios tradicionales siguen desempeñando un papel importante. Muchas veces continúan produciendo los acontecimientos que marcarán la agenda pública.

Pero ya no controlan por sí solos su circulación.

Ahora interviene un nuevo actor.

Los algoritmos de recomendación deciden qué fragmentos alcanzarán millones de personas, cuáles pasarán inadvertidos y cuáles volverán a aparecer una y otra vez en las pantallas de los usuarios.

El poder ya no consiste únicamente en producir un mensaje.

También consiste en decidir cuál de todos los mensajes será visto, compartido y recordado.

Y eso nos conduce a una pregunta todavía más profunda.

Si los medios y los algoritmos participan en la producción del significado colectivo, ¿cómo logran orientar nuestra conducta sin recurrir necesariamente a la fuerza o la censura?

Para responderla conviene acudir a Michel Foucault, quien estudió precisamente cómo el poder moderno produce sujetos, organiza comportamientos y define qué discursos llegan a considerarse legítimos.


V. El poder también organiza la conversación

Hasta aquí sabemos que el Estado ya no produce solo la identidad nacional, que las plataformas digitales transformaron el espacio donde esa identidad se disputa y que los medios continúan influyendo en la conversación pública mediante un ecosistema transmedia.

Pero aún queda una pregunta.

Si nadie controla por completo la conversación, ¿cómo ciertos discursos terminan imponiéndose sobre otros?

Michel Foucault ofrece una herramienta útil para comprender ese fenómeno. Su obra muestra que el poder moderno no actúa únicamente prohibiendo o censurando. También produce comportamientos, establece normas y define qué formas de pensar llegan a percibirse como naturales.

En otras palabras, el poder no solo dice qué está permitido. También moldea aquello que una sociedad considera normal, verdadero o aceptable.

Esa idea resulta especialmente pertinente en el entorno digital.

Los algoritmos no determinan lo que las personas piensan. Sin embargo, al seleccionar qué contenidos aparecen primero, cuáles permanecen visibles y cuáles desaparecen entre millones de publicaciones, contribuyen a crear un entorno donde ciertos discursos adquieren mayor legitimidad que otros.

No sustituyen la libertad de elección.

Organizan las condiciones bajo las cuales esa elección ocurre.

Si durante el siglo XX buena parte del poder consistía en controlar los medios de producción del discurso, en el siglo XXI también consiste en administrar las condiciones bajo las cuales ese discurso circula, permanece y adquiere visibilidad.

No se trata únicamente de vigilancia.

Se trata de normalización.

Las métricas, los algoritmos de recomendación, las tendencias y las interacciones cotidianas producen incentivos que orientan qué temas reciben atención, qué opiniones encuentran reconocimiento y cuáles quedan relegadas al silencio.

En ese sentido, la disputa por la identidad nacional ya no depende exclusivamente de quien escribe los relatos oficiales.

También depende de las arquitecturas digitales que deciden qué relatos serán vistos, compartidos y recordados.

Comprender esa transformación permite entender que la autoridad simbólica del siglo XXI ya no reside únicamente en quien produce el mensaje, sino también en quien organiza el espacio donde ese mensaje adquiere significado.


VI. Conclusión

Todo comenzó con una pregunta aparentemente sencilla sobre los desfiles patrios.

¿Quién decide qué música representa a Honduras? ¿Quién define cómo deben vestirse las palillonas? ¿Quién establece qué símbolos merecen ocupar el espacio público durante la principal celebración cívica del país?

Al seguir esas preguntas, apareció otra mucho más amplia.

La identidad nacional nunca ha sido un hecho natural. Siempre ha sido una construcción histórica y cultural. Durante mucho tiempo, esa tarea recayó principalmente en el Estado, apoyado por la escuela, los medios de comunicación y los rituales cívicos.

Hoy ese escenario cambió.

La construcción del significado colectivo se desarrolla en un ecosistema donde intervienen instituciones públicas, medios tradicionales, plataformas digitales, comunidades en línea y algoritmos que administran la circulación de la información.

Ninguno de ellos posee por sí solo el monopolio de la identidad nacional.

Todos participan en su disputa.

A mi juicio, el principal cambio del siglo XXI no radica en que hayan surgido nuevos productores de identidad, sino en que ninguna institución puede imponerla por sí sola. La identidad nacional dejó de ser un relato administrado casi exclusivamente por el Estado para convertirse en una disputa permanente entre instituciones, medios, plataformas y ciudadanos.

Por eso, el verdadero debate ya no consiste únicamente en decidir si un desfile debe incluir determinado género musical o si un símbolo patrio debe modificarse. Esas discusiones son apenas la expresión visible de una pregunta mucho más profunda.

¿Quién tiene hoy la autoridad para definir qué significa ser hondureño?

Responder esa pregunta exige mirar más allá de la coyuntura política.

Significa comprender que la identidad nacional ya no se construye únicamente en los actos oficiales ni exclusivamente en las redes sociales. Se construye, se negocia y se disputa todos los días en los espacios donde circulan los relatos que una sociedad decide recordar, compartir y convertir en propios.

Quizá el desafío ya no sea defender una identidad nacional como si fuera una pieza de museo, ni aceptar que los algoritmos la reemplazarán inevitablemente.

Comprender quién construye hoy la identidad nacional ya no es un ejercicio académico. Es una condición para entender qué Honduras estamos construyendo como sociedad.

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